28 de julio de 2014

Historia del oxímoron

Clara noche de verano. El sonido mudo de una música ahogada llenaba con estridencia una habitación vacía. Afuera, en el oscuro cielo, las estrellas, que brillaban dentro de él. Y adentro, él. Contemplando y escuchando la invisible y muda noche. Pensando en su sereno paroxismo. Sintiendo y asistiendo amargamente impávido a aquella dulce inflamación. Dubitativamente seguro, trataba de disuadir su convencimiento acerca ese sentimiento. Pues por mucho que pensara distraídamente acerca de ello, solo conseguía sentirse lleno de vacío. 
Pensaba en su terrible belleza (de ella). En su ignorante astucia. Su simple sutileza. Y la imaginaba, dejando escapar una media sonrisa, andando con su graciosa torpeza. No obstante, permanecía pavorosamente osado a aceptar su secreto revelado. Mientras aquella callada música sin palabras gritaba los últimos compases, balada sin letra, él recordó parte de una de las estrofas de la versión cantada, que decía:
"No hay nada que pueda dañarte en la noche solitaria
Iré hacia ti y te mantendré a salvo y caliente
Es tan fuerte mi amor"

El oxímoron, juego entre opuestos, metáfora de las paradojas mundanas del amor, es una figura retórica aparecida y utilizada en la literatura desde la Antigua Grecia. Heráclito la utilizó y popularizó. 
Paradojas de la vida, el nombre de ella -el oscuro objeto del deseo y del amor en esta historia- también deriva de la Antigua Grecia, y en griego antiguo su nombre significa princesa. Además, al igual que Heráclito, que fue de Éfeso -actual Turquía-, "princesa" dio nombre a una ciudad en Capadocia -también Turquía, actualmente-. 

Y es que no hay nada más contradictorio en el amor que sentir la cercana lejanía, la desangelada calidez de la distancia, la sensata embriaguez de la ilusión o la paciente excitación de la esperanza. 


15 de octubre de 2013

Dicotomía

Llegado a Ogigia, Odiseo fue agasajado por la bella Calipso. Allí comió, bebió y fornicó con ella, hasta que el héroe recordó, después de la febrícula inicial - unos nimios siete años -, a su amada Penélope. Paradoja de la mente humana... o quizá solo castigo divino, ya que Calipso, hija de Atlas, fue castigada después de la Titanomáquia al destierro en dicha isla, y a enamorarse cada 1000 años de un apuesto héroe, que por razones del destino, debería perder dejándolo marchar.
El mortal Odiseo continuó con su truculento viaje de regreso a Ítaca, lleno de sufrimiento, dolor, remordimiento... convencido de estar pagando sus pecados y excesos, pero en realidad eran solo "jueguecitos" de Dioses, el destino. La castigada era Calipso desde tiempos inmemoriales. Que sufrió en silencio una vez más las mundanas dicotomías de sus mortales héroes, incapaces de rendirse a los placeres de la eternidad.

La lucha entre lo apolíneo y lo dionisíaco que destilaban las tragedias griegas siguen con gran vigencia después de todo. Desde el siglo XIX hasta la actualidad las dicotomías despertadas por la lucha interna de gentes debatiéndose entre lo que "se debe" y lo que "se quiere" han llenado líneas y líneas de novelas, artículos, ensayos... y minutos, horas de celuloide. 

Y es que sin violar o quebrantar ninguna ley, solo los hombres son capaces de sentir arrepentimiento y sufrimiento por realizar algo que deseaban. Quizá se deba a la moral. Y es que la moralidad persigue fines, por definición. Pero, dicotomía de la vida, de vez en cuando las personas buscamos también procesos. Y cuando un individuo detecta que la moral se ha convertido en una inercia, una costumbre, una tradición irracional o una mentalidad de masas, aquello dionisíaco pasa de ser una opción a un medio para lograr ese mismo fin, a veces negada por la rectitud apolínea.  

Difícil ejercicio, desafiar los límites de la razón, y luego no sentir remordimiento por ello. Aunque por desgracia, en genereal, como ya dijo Oscar Wilde, "es mucho más fácil sentir simpatía con el sufrimiento que con el pensamiento".


https://www.youtube.com/watch?v=c0AH89xGEKU




22 de marzo de 2013

Fábula del Farzin y el Al pil

Se dice del ajedrez que apareció en la India, hace unos 1200 años. Aunque, según cuentan algunos historiadores, su origen quizá provenga de mucho antes, de Persia. 

Los Persas. Ellos dominaban el juego, la estrategia... hasta que, sobre el 350 a.n.e. -antes de nuestra Era, para aquellos que sin Cristo andan perdidos en el tiempo- apareció una figura esencial en la historia de este juego, Filipo II de Macedonia -más conocido por la prensa rosa como el padre de Alejandro Magno-. Su inteligencia, sus tácticas, llevaron a sus ejércitos a derrotar a todopoderosas Polis griegas, y a reunir, uno aún mayor, con el que se lanzó a conquistar el Imperio Persa. Pero, como todo juego, tiene un riesgo, y Filipo murió asesinado. Jaque mate, puede que piensen algunos. Los ejércitos Persas, con elefantes -como se haría eco Alejandro Magno- dominaban el juego, y mantenían sus enemigos alejados del corazón de su imperio. En Persa elefante se llamaba Al pil (alfil). Pero en este ajedrez que es la existencia, los Persas no contaron que el Rey era solo el motor, un símbolo, la cabeza pensante de un brazo ejecutor mucho más temible, dinámico... la reina (Farzin en Persa). Y así sucedió. Los movimientos tácticos y estratégicos que llevó a cabo Alejandro Magno, siguiendo los pasos de su padre, el rey, acabó por desarticular al Imperio Persa, llegando incluso, en su expansión, hasta la India -de donde algunos afirman que nació el ajedrez-. 

Así, la reina (Farzin) le ganó la batalla al elefante (Al pil). De nada sirvió a los Persas ser los creadores, los ideólogos del juego, de haber sido ellos los empecinados en empezar "a jugar", pues, como en tantos juegos en esta vida y en la Historia, al final, uno, siempre está expuesto a perder.