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30 de octubre de 2014

Historias de uno y una V

El verano había sido seco. Como acostumbraba a suceder los últimos años.
Paseaban por la vereda. Junto un río mínimo, por el cual bajaba un tímido rastro de agua, como negándose a desaparecer y dejar yermas tan preciadas tierras.
El verano había sido frío... sí, sin calor -ni color-, desangelado. Sin sol. Bueno, con sol, pero no para ella.
El verano había sido oscuro. Con mucha noche y poco día. Con muchas estrellas y poco sol. Y a pesar de ello, ni tan siquiera llegó él a prometer la luna. Se tuvo que conformar con admirarla de lejos aquella noche fugaz.
El verano había sido largo, contenido, extraño, desconcertante... el verano había sido.

Pero había llegado el otoño. ¿Quién apostaba por el otoño? La primavera tardía había llegado para salvarlos y reunirlos. Ya paseaban juntos contemplando el río mínimo, estragos del verano, con sabor a esperanza y augurio de bonanza, las lluvias otoñales aumentarían su caudal. Pero, por el momento, el cálido sol de medio día ya los calentaba. La brisa agitaba las hojas de color verde perenne, y las rojizas y anaranjadas caducas se preparaban para mudar, mientras el amarillo pasto se movía sensual imitando el bello erizado de unos enamorados. Y por fin el cielo... el cielo era azul, el color de los mejores príncipes, y en él brillaba el sol, su sol.

De esa forma intensa, madura, llena de serenidad y contrastes paseaban juntos cogidos de la mano aquella jornada otoñal. La primavera iba a llegar. Llegaría. Pero aquel amor otoñal significaba mucho. El pueril verano había madurado como si de la uva se hubiera tratado. Y allí al borde de un camino, junto al río, abrazados contemplando tranquila, relajada e intensamente el sol madurando un membrillo, quedaría en su memoria grabado el retrato perfecto y real del amor verdadero, parafraseando inconsciente y mentalmente aquel impulso descrito por André Bazin sobre la necesidad original de superar el tiempo mediante la perennidad de la forma (para mayor envidia de Víctor Erice y Antonio López).
En esa tarde otoñal se pintó el mejor lienzo y se grabó la mejor secuencia de amor de la historia. De su historia. Y para la historia quedará y en sus mentes y corazones permanecerá.

28 de julio de 2014

Historia del oxímoron

Clara noche de verano. El sonido mudo de una música ahogada llenaba con estridencia una habitación vacía. Afuera, en el oscuro cielo, las estrellas, que brillaban dentro de él. Y adentro, él. Contemplando y escuchando la invisible y muda noche. Pensando en su sereno paroxismo. Sintiendo y asistiendo amargamente impávido a aquella dulce inflamación. Dubitativamente seguro, trataba de disuadir su convencimiento acerca ese sentimiento. Pues por mucho que pensara distraídamente acerca de ello, solo conseguía sentirse lleno de vacío. 
Pensaba en su terrible belleza (de ella). En su ignorante astucia. Su simple sutileza. Y la imaginaba, dejando escapar una media sonrisa, andando con su graciosa torpeza. No obstante, permanecía pavorosamente osado a aceptar su secreto revelado. Mientras aquella callada música sin palabras gritaba los últimos compases, balada sin letra, él recordó parte de una de las estrofas de la versión cantada, que decía:
"No hay nada que pueda dañarte en la noche solitaria
Iré hacia ti y te mantendré a salvo y caliente
Es tan fuerte mi amor"

El oxímoron, juego entre opuestos, metáfora de las paradojas mundanas del amor, es una figura retórica aparecida y utilizada en la literatura desde la Antigua Grecia. Heráclito la utilizó y popularizó. 
Paradojas de la vida, el nombre de ella -el oscuro objeto del deseo y del amor en esta historia- también deriva de la Antigua Grecia, y en griego antiguo su nombre significa princesa. Además, al igual que Heráclito, que fue de Éfeso -actual Turquía-, "princesa" dio nombre a una ciudad en Capadocia -también Turquía, actualmente-. 

Y es que no hay nada más contradictorio en el amor que sentir la cercana lejanía, la desangelada calidez de la distancia, la sensata embriaguez de la ilusión o la paciente excitación de la esperanza. 


15 de octubre de 2013

Dicotomía

Llegado a Ogigia, Odiseo fue agasajado por la bella Calipso. Allí comió, bebió y fornicó con ella, hasta que el héroe recordó, después de la febrícula inicial - unos nimios siete años -, a su amada Penélope. Paradoja de la mente humana... o quizá solo castigo divino, ya que Calipso, hija de Atlas, fue castigada después de la Titanomáquia al destierro en dicha isla, y a enamorarse cada 1000 años de un apuesto héroe, que por razones del destino, debería perder dejándolo marchar.
El mortal Odiseo continuó con su truculento viaje de regreso a Ítaca, lleno de sufrimiento, dolor, remordimiento... convencido de estar pagando sus pecados y excesos, pero en realidad eran solo "jueguecitos" de Dioses, el destino. La castigada era Calipso desde tiempos inmemoriales. Que sufrió en silencio una vez más las mundanas dicotomías de sus mortales héroes, incapaces de rendirse a los placeres de la eternidad.

La lucha entre lo apolíneo y lo dionisíaco que destilaban las tragedias griegas siguen con gran vigencia después de todo. Desde el siglo XIX hasta la actualidad las dicotomías despertadas por la lucha interna de gentes debatiéndose entre lo que "se debe" y lo que "se quiere" han llenado líneas y líneas de novelas, artículos, ensayos... y minutos, horas de celuloide. 

Y es que sin violar o quebrantar ninguna ley, solo los hombres son capaces de sentir arrepentimiento y sufrimiento por realizar algo que deseaban. Quizá se deba a la moral. Y es que la moralidad persigue fines, por definición. Pero, dicotomía de la vida, de vez en cuando las personas buscamos también procesos. Y cuando un individuo detecta que la moral se ha convertido en una inercia, una costumbre, una tradición irracional o una mentalidad de masas, aquello dionisíaco pasa de ser una opción a un medio para lograr ese mismo fin, a veces negada por la rectitud apolínea.  

Difícil ejercicio, desafiar los límites de la razón, y luego no sentir remordimiento por ello. Aunque por desgracia, en genereal, como ya dijo Oscar Wilde, "es mucho más fácil sentir simpatía con el sufrimiento que con el pensamiento".


https://www.youtube.com/watch?v=c0AH89xGEKU




22 de marzo de 2013

Fábula del Farzin y el Al pil

Se dice del ajedrez que apareció en la India, hace unos 1200 años. Aunque, según cuentan algunos historiadores, su origen quizá provenga de mucho antes, de Persia. 

Los Persas. Ellos dominaban el juego, la estrategia... hasta que, sobre el 350 a.n.e. -antes de nuestra Era, para aquellos que sin Cristo andan perdidos en el tiempo- apareció una figura esencial en la historia de este juego, Filipo II de Macedonia -más conocido por la prensa rosa como el padre de Alejandro Magno-. Su inteligencia, sus tácticas, llevaron a sus ejércitos a derrotar a todopoderosas Polis griegas, y a reunir, uno aún mayor, con el que se lanzó a conquistar el Imperio Persa. Pero, como todo juego, tiene un riesgo, y Filipo murió asesinado. Jaque mate, puede que piensen algunos. Los ejércitos Persas, con elefantes -como se haría eco Alejandro Magno- dominaban el juego, y mantenían sus enemigos alejados del corazón de su imperio. En Persa elefante se llamaba Al pil (alfil). Pero en este ajedrez que es la existencia, los Persas no contaron que el Rey era solo el motor, un símbolo, la cabeza pensante de un brazo ejecutor mucho más temible, dinámico... la reina (Farzin en Persa). Y así sucedió. Los movimientos tácticos y estratégicos que llevó a cabo Alejandro Magno, siguiendo los pasos de su padre, el rey, acabó por desarticular al Imperio Persa, llegando incluso, en su expansión, hasta la India -de donde algunos afirman que nació el ajedrez-. 

Así, la reina (Farzin) le ganó la batalla al elefante (Al pil). De nada sirvió a los Persas ser los creadores, los ideólogos del juego, de haber sido ellos los empecinados en empezar "a jugar", pues, como en tantos juegos en esta vida y en la Historia, al final, uno, siempre está expuesto a perder. 


31 de enero de 2013

La duda de la soledad

Recuerda, nunca caminarás solo por el largo camino de la vida.

Así terminaba aquella misiva. Y ahí estaba de nuevo, recordándola, releyéndola, solo... en su habitación. Pero a ver, ¿acaso podría él, justamente él, quejarse de soledad? Absolutamente no. Nunca en ningún sitio se había sentido solo, desamparado, extraño, desatendido. Siempre había gozado de buenas compañías, y alguna vez él había sido, tal vez, una buena compañía para alguien, alguien que se encontraba, sí, solo. 

Recuerda, aún con la carta en la mano y aquella última afirmación retumbando en la mente, como ha sido él, históricamente, a quien le ha gustado siempre la soledad, la tranquilidad y el sosiego del individuo, la reclusión en su hogar, en sí mismo. Ha sabido compaginar y disfrutar -o eso cree- esos maravillosos momentos con esa maravillosa gente, y aquellos momentos de soledad. Aquella magnifica sensación de libertad, de no necesitar nadie, y prácticamente nada para sentirse cómodo, divertido, relajado, seguro, entretenido, aprendiendo...

Y no es que ahora se sintiera solo por primera vez en su vida. O que necesitara la aprobación continua como individuo por parte de sus congéneres -le aburre semejante juego de las apariencias-, pero realmente  siente, se percata, tal vez empiece a comprender, que aquel simpático y condescendiente final de aquella bonita carta, no sea exacto del todo. Tal vez no lleve con ella una verdad particular, intrínseca. Probablemente nunca camine realmente solo. Quizá sea verdaderamente largo el camino de la vida. Incluso, por qué no, puede que hasta sea cierto que nunca llegue a caminar solo en la vida... pero, ya casi se empezaba a percatar, que los caminos de la vida -largos, cortos, en soledad o con la más apetecible de las compañías- son individuales. Por mucho que nos adhiramos, que creamos, que ansiemos, formar parte de otras vidas, nuestros caminos son sencilla y terriblemente individuales. Cada individuo recorre el suyo. Podrá ir en paralelo a otros, se irá encontrando asiduamente con los caminos de otras personas, pero en su largo recorrido, viviremos estrictamente nuestro camino, sin salirnos de él. 

Así pues, tus elecciones, tus actos, el tiempo que inviertas y en qué lo inviertas, revertirá directamente en tu camino, en qué dirección seguirás, y por supuesto, con qué caminos, con qué personas te encontrarás y con qué asiduidad. 

El tiempo pasa. Las mentalidades mutan. Las personas cambian. Las circunstancias acompañan el tiempo, y ayudan e influyen en esos cambios. Mientras tanto, allí en la habitación, con la carta aún en la mano, sigue él, reflexionando todo esto, pues, quizá... ahora lo entienda. Puede que, tal vez, se sienta circunstancialmente solo. Y no es que haya perdido amigos -todo lo contrario- pero desde aquella habitación, él ve, imagina, intuye los caminos de todos ellos. Y aunque si se da la vuelta lo divisa claramente, cuando mira al frente... no logra ver con claridad el suyo. 

2 de noviembre de 2012

Historia de la esperanza

Luminosa y fría noche de invierno. La neblina acentúa la brillante luna. Es tarde. Alguien en un local apura su copa. Un edificio modernista, alto, espacioso, algo sobrio, decorado en un estilo colonial. Las mesas y las sillas recogidas bajo una tenue luz, parecen rodear y observar aquel pensativo hombre. Curiosa parsimonia. Bebe, apura más bien, su copa de licor. Mirada perdida. Entre espacios regulares de tiempo, acerca de nuevo la copa a sus labios, y sorbe un poco más. Parece que aquella copa va a durar toda la noche. Parece no terminar. Parece no querer terminar. Suave como un susurro, suena el tema Song of the black lizard

Allí, desde su mesa, piensa. El tranquilo y onírico ambiente, de soledad, no le resta lucidez. Ni siquiera debido a las altas horas de la noche en las que se encuentra. El mundo duerme. Todo transcurre poco a poco. Desesperadamente lento. Curiosa ironía. Piensa de nuevo. Levanta el vaso, y vuelve a dar un pequeño sorbo. La gente. Ellos piensan que él, va demasiado rápido. Deja el vaso de nuevo en la mesa. Piensan que por llamar a las cosas como son, describir lo que ve, contar lo que siente... todo ello es ir demasiado rápido. ¿Ya está? Toda una vida, un pensamiento, un sentimiento... descritos en una sola y simple frase. ¿Así de inmediata es la vida?. No, todo tiene que ser más complicado -se ve que piensan-. El vértigo a la autenticidad, a la fugacidad de las cosas. 

Pero allí está él. Y sabe, que en el fondo, para lo que vale la pena, lo que realmente ama, no existe el tiempo. Ni la prisa. Renuncia conscientemente a todo lo terrenal y carnal en pos de una paulatina esperanza. El tiempo existe para los que tienen horarios. Para los que duermen. Pero no para los que sueñan. Él está allí, en la mesa, bebiendo, sin importarle la hora, ni que hace, ni donde está. Mientras para todo el mundo el tiempo transcurre inexorablemente, marcando el pulso de la vida, él lo vive todo a "cámara lenta". 

Vuelve a dar un nuevo sorbo de licor. La gente hace ya horas terminó sus copas y se fueron todos a casa a dormir. Él, en cambio, allí sigue. Deposita de nuevo el vaso en la mesa. Todavía queda del misterioso elixir. Por el momento, allí seguirá. Sin moverse. Pero sin esperar (el que espera es porque cree que el tiempo le debe algo). Haciendo, sin que nadie vea que hace. Y, el tiempo dirá...

20 de octubre de 2012

La Mer de París

París. El otoño hace presencia en la ciudad. Las hojas rojas inundan los parques. El cielo grisáceo y la lluvia humedecen el ambiente, y lo refresca. Aire nuevo, fresco... pero tan cargado, cargado de recuerdos y experiencias únicas que no volverán, o que se van, junto esas suaves pero ya frescas ráfagas de viento. El olor de las hojas húmedas se confunde y entremezcla con el humo que desprenden las primeras chimeneas. Pero también huelen los primeros marrons y los calientes y dulces crêpes de chocolate o de mermelada

Este desangelado, pero a la vez cálido ambiente otoñal, recorre también el cuerpo y la consciencia crepuscular de quien va a cumplir 90 años. Y allí está sentando, contemplándolo todo. Tomando su café. Mientras el otoño vuelve, transcurre, y lo degusta desde aquella silla. 

Recuerda su infancia en el barrio. Aquellas calles, plazas, parques vacíos de turistas, que tan bien conoce, y se le escapa una socarrona sonrisa al pensar en los bancos, que tanto dieron de sí.  Recuerda los cafés, aquellos conciertos en directo, aquellos bailes, ah!... el Moulin de la Galette... y recuerda su mirada, sus ojos, su sonrisa. Aquellos labios que entreabiertos dejaban ver unos dientes blancos y delicadamente perfectos.

Los ojos borrosos por una dulce nostalgia imitan el efecto de la lluvia en las luces de las farolas y los comercios. Y allí está él, recapitulando, el narrador de una historia que llega a su fin. El libro no sigue, o, qué importa como vaya a seguir, él tiene su historia, y es la historia que le gusta, la que ahora recuerda y la que le emociona. No tiene cuerpo ni estómago para más. Quizá volver a revivirla estaría bien... pero no, para qué? él ya la vivió, y allí, aquel lluvioso, frío y otoñal día está repasando a grandes trazos aquella vida. Y eso es lo que le complace. Aquel iba a ser su otoño definitivo. Basta ya de viajes, se dijo a sí mismo... o bueno, por una sola vez más, tal vez aún le quedaba un último por hacer. Aquel que le llevaría al mar.


17 de octubre de 2012

17 de Octubre(s)

17 de octubre de 1989, San Francisco, EEUU. Un chico escribía desde su habitación la enésima misiva a su amada. Era aún temprano, pero el sueño era imposible para nuestro amigo. La cálida luz de la mañana entraba por la ventana. A pesar del nefasto éxito de sus anteriores cartas (pues nunca su amada contestó a una sola) una media sonrisa se dibujaba en la cara de él. Mientras escribía sus simpáticas palabras de amor y  fascinación por la otra persona, los acordes y las palabras de Manha de Carnaval de Luiz Bonfá parecían inspirar aquel mensaje, y volver más cálido -si cabía- el ambiente.

Dos días después, desde el otro lado de la ciudad, una hermosa chica morena, pelo corto y con grandes ojos color de miel leía con tristeza la carta. La Fantasía Impromptu de Chopin sonaba, y el frenesí de notas aumentaba el desasosiego que sentía. Nunca estuvo convencida de lo que sentía por aquel joven, o quizá, y quizá, eso era porque tampoco "podía" o "debía" sentir nada. Nunca dio rienda suelta a sus pensamientos, nunca entró en el juego, y quizá ahora sentía que le gustaba el juego. Nunca le contestó, ni le dijo que le parecía, si es que le podía parecer algo. A esta definitiva carta le hubiera contestado. Pero ya era tarde. No le contestó. Y por siempre y para siempre el chico no recibió nunca una respuesta. 

Nunca hubo un qué, un por qué, un cuando, ni como... solo una ilusión, sentimientos genuinos e incondicionales más fuertes que la determinación y la voluntad de ella. Todo a cambio de nada. Y nunca buscó nada, pues nunca cesó en su empeño de escribirle aquello que sentía, y pensaba que ella merecía saber, en un inocente juego de sinceridad y condescendencia, en el cual el viento siempre soplaba en la misma dirección.

Aquel 17 de Octubre de 1989, San Francisco fue arrasado por un terremoto 7'1 en la escala de Richter. Nuestro joven enamorado, perdió la vida aquel día, junto unos tres centenares más de personas. Curiosamente, la música de Luiz Bonfá le daba la vida cada mañana, incluido aquella de aquel fatídico día. Bonfá nació un 17 de Octubre, pero de 1922. También Chopin murió, en este caso, un 17 de Octubre de 1849. Como murió aquel 17 de Octubre en San Francisco la esperanza para los dos jóvenes. 

Un sentimiento de culpa ahogado oprimía el pecho de aquella chica. Con la carta en la mano, y con Chopin aún sonando, su actitud por alevosa connivencia pasiva la declaraba culpable. No podía perdonarse leer aquellas bonitas palabras muertas en una hoja. Muertas como la vitalidad, pasión e ilusión del chico, que murieron con el terremoto. El Ave Fénix hecha cenizas. 

Y allí en esa hoja, se leía:
Mañana, tan bonita mañana
la vida, una nueva canción
cantando solo tus ojos
tu risa, tus manos
para que haya un día
en que vendrás.
Las cuerdas de mi guitarra
que solo tu amor buscan
viene una voz
hablando de los besos perdidos
en tus labios.

9 de septiembre de 2012

Historia de la curiosidad

- Maestro, ¿qué piensa sobre la curiosidad?
- La curiosidad es siempre un buen camino hacía el aprendizaje, querido Adso.
- ¿Cree, mi señor, que puede llegar a ser perniciosa?
- Explícate mejor, ¿a qué te refieres?
- ¿Puede la curiosidad ser portadora del mal?¿Existe un aprendizaje negativo?
- Creo comprender ya a que te refieres Adso, pero... ¿qué entiendes tú por negativo?
- No lo sé maestro... tal vez algo que no resulta como esperabas... quizá algo malo, algo que no deberías haber hecho jamás.
- ¿Y cómo sabes lo que deberías haber hecho o no, si nunca llegas a realizarlo antes? 
- Supongo, pero...
- La experiencia, querido, ella nos dice, con la perspectiva del tiempo, si acertamos o no con nuestros pensamientos o nuestros actos. Pero, ¿acaso pretendes adelantarte al tiempo?
- Supongo que no {siempre me molestó su fino sarcasmo, que aunque cariñosamente, me dejaba siempre en evidencia}, pero... dicen que experiencia es el nombre con el que la gente llama a sus errores.
- ¿Y tú qué crees Adso? ¿Qué opinas al respecto?
- No sé mi señor, usted es el maestro.
- Cierto, pero, ¿a caso te impide eso tener una opinión propia? ¿te inhibe ese hecho de la libertad de pensar por ti mismo?
- Supongo que no...
- La experiencia no es buena ni mala, es solo experiencia. Los humanos tendemos a clasificarla dependiendo en cada caso de la filosofía o ideales de cada individuo. Bueno, malo... depende de qué se quisiera saber con la curiosidad, y a que se llegó definitivamente mediante el camino de la experiencia. Será una buena o una mala experiencia si se cumplen o no las expectativas, pero, en todo caso, has recibido algún tipo de aprendizaje.... ¿no es así? Las expectativas no son más que ilusiones mentales que solo causan decepción si estas no se cumplen...
- Si maestro pero, ¿acaso defiende usted que mientras uno obre en acuerdo con su curiosidad, con afán de aprender, saber nuevas cosas, cualquiera que sea el resultado del "experimento" este resultará positivo para el bagaje personal? O, dicho de otra manera, ¿quizá afirma usted que verdaderamente nunca nos equivocamos en nuestras elecciones: los tiempos, las formas, el contenido...?
- Errare humanum est querido Adso. Evidentemente las personas nos equivocamos. Cometemos errores; la vanidad, la soberbia, la codicia... la inocencia... pero el error, por natural o normal que sea, no significa que este deba ser denostado. Al igual que la curiosidad, saber leer los datos que te proporciona la experiencia también es un camino válido hacía el aprendizaje. Saber corregir aquello que has hecho mal es una virtud.
- No se enfade, pero... para eso necesitaré saber si lo que he hecho está mal.
- ¿Y quién esperas que te lo diga? ¿Acaso yo? No sé qué te atribula querido amigo, pero créeme, tal vez no sea yo la persona adecuada para juzgar tus pensamientos, o tus actos... y dudo que haya persona adecuada. No sé si gozo yo del beneficio de vuestra experiencia.
- Hay algo en aquello que he descubierto que me perturba maestro.
- El conocimiento hace sufrir, y aquel que hace crecer su conocimiento hace crecer también su sufrimiento. 
- ¿Y qué me dice cuando aquello que descubre resulta del todo insuficiente? De pronto solo necesito saber más... y me convierto en un ser insaciable. Eso me genera más sufrimiento que la tribulación por saber lo que sé, y sentir lo que siento. Necesito saber más de lo que sé... tengo curiosidad.
- Ah mi querido Adso, que tranquila sería la vida sin amor. Que tranquila... y que insulsa. ! Pero ten cuidado amigo, y no confundas amor con pasión! No confundas lo carnal con lo intelectual, aunque tarde o temprano ambas nos lleven al pecado. Si así sucediese, que se apiaden de nuestras almas. Pues seremos juzgados por nuestros pensamientos y nuestros actos. !Que la misericordia se apiade y sea justa con nuestras debilidades¡. Pero recuerda esto, estimula tanto tu curiosidad como tu bondad te permita.
- Gracias maestro...

30 de noviembre de 2011

Vicisitudes

La silla, la mesa, las hojas, la pantalla...
aquella luz tenue y aquel hilo musical.

El tiempo pasa.
La vida transcurre.

Las imágenes pasan por la mente,
las palabras pasan por la pantalla,
la música pasa por el oído,
las hojas pasan sin cesar,
las horas pasan sin más,
los días se suceden.

Y mientras allí...

La silla, la mesa, las hojas, la pantalla...
aquella luz tenue, aquel hilo musical
y yo.

El tiempo pasa.
La vida transcurre.

Lo que antes era música ahora es silencio
lo que antes era luz tenue ahora es claridad cristalina
la mesa está vacía, no hay pantalla,
no hay hojas, ni se leen palabras...
ah... hay una silla...
y yo... yo estoy de paso.

El tiempo pasa.
La vida transcurre.

31 de octubre de 2011

Nostalgia


Como ya dijo Peter de Vries, será que "la nostalgia no es lo que era". Dejando de lado la tremenda ironía que destapa semejante afirmación, esta entra en un tremendo dramatismo, si añadimos a la versión literal de este aforismo la frase de Sabina "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás existió". Pero, ¿a caso existe una nostalgia "objetiva"? Un recuerdo añorado, inmutable al tiempo sin que la memoria lo corrija, y resistente a la sentimentalización que hacemos de personas, lugares, circunstancias... Sinceramente, no creo que esto sea posible. En todo caso, que aburrido sería.

Otra cosa es la refundación de la nostalgia. Los tiempos cambian, y quizá afinó Vries aquí, pues en el mundo de lo efímero, lo inmediato... y superado ya con creces el mundo romántico, en la era del cientifismo y la tecnología, el anhelo de lo pasado no parece pertinente, adecuado. Semejante recesión sentimental queda pues descartada.

Pero antes de refundar la nostalgia, necesitamos aclarar algo, un paso previo. Cabe dentro de "los hechos añorados" destacar entre dos tipos; aquellos inevitables frente otros que llamaremos accidentales. Nostalgia de lo inevitable seria añorar la presencia de algún ser perdido, o alguna actividad que conlleve a la inevitable carencia producida por la ausencia del elemento que produce nostalgia (bien sea persona...). Por contra, la nostalgia sobre un hecho accidental, implica nostalgia de algo pasado pero, digamos, no necesariamente inevitablemente perdido, irrecuperable... solo que las circunstancias son diferentes. De este segundo tipo, nace la neonostalgia preludiada por Vries. La moderna capacidad de proyectar la nostalgia al campo de lo hipotético y lo futurible, convertir el añorado pasado en el refugio del futuro. Despojar la nostalgia de lo inevitable para dejar de vivir en el pasado y pasar a vivir en el futuro.

Sin querer, y quizá sin saber, la nostalgia postmoderna bebe de Haidegger cuando aseguró que "el tiempo para la conciencia no es una sucesión de instantes del pasado al futuro sino un ir hacia el futuro que va cobrando conciencia de su ir". Un ir hacia el futuro... de donde ni el pasado se escapa.

Mientras tanto, un yo interior me dice que no olvide el pasado, que me preocupe por el futuro, pero que solo e inevitablemente viviré, siempre, en el presente.

3 de agosto de 2011

El novio del olvido

Fue rápido donde tuvo que ir lento

Le pareció hermoso lo que en realidad era atractivo

Curiosidad y temeridad se fusionaron

Y la locuacidad se convirtió en verborrea

La ilusión se forzó a obligación

Confundió amor con pertenencia

Y la atracción se convirtió en fijación


Quiso agradar a base de degradar

Convirtió conquistar en enquistar

E institucionalizó encontrase para venerarse

Pensó en verse para quererse

Y se obligó a quedar para empezar


Decidió hablar cuando era mejor callar

Pidió respuesta cuando no había pregunta

Y preguntó cuando ya sabía la respuesta


Aceleró el proceso de su apuesta

Paralizó la situación con su propuesta

Forzó el fracaso con su ahínco

Y lo obtuvo por mérito propio una tarde a las cinco.

12 de julio de 2011

Mara y el 8 de Septiembre

Mara, este es el nombre popular que recibe la caoba, un árbol de oscura (rojiza) madera que habita en zonas tropicales.

El 8 de Septiembre de 1529, fue fundada la ciudad (por aquel entonces aldea) de Maracaibo por el "explorador y conquistador" Ambrosio Alfinger. Un joven y aguerrido indígena proveniente de una de las islas del lago Maracaibo (la isla de Providencia), con su piel teñida cual color de la caoba (mara), plantó batalla a un ejercito que intentaba "descubrirles y conquistarles". Mara se llamaba este indígena. Pero ni por joven ni por guerrero consiguió librar la batalla, y cayó muerto donde se fundaría Maracaibo. "Mara cayó" gritaron los combatientes de Alfinger. Pero Mara ha sobrevivido cinco siglos dando nombre a una ciudad, un territorio, que defendió con su vida.

El 8 de Septiembre de 1777 se funda la Capitanía general de Venezuela. El mismo día que nuestro guerrero murió fundando involuntariamente Maracaibo, dos siglos y medios después se crearía el que sería uno de los pasos de la conformación del Estado Venezolano actual. Claro está, en esa fecha aún bajo "gobernación" Española, por el entonces Imperio Español. La Capitanía General de Venezuela era una provincia más. El Gobernador de dicha provincia tenía jurisdicción en Cumaná, Guayana, Trinidad, Margarita... y Maracaibo.

Y valga que Providencia no era solo el nombre de la isla donde habitaba el guerrero Mara... otro 8 de Septiembre murió Lenni Riefenstahl, cineasta que pasó a la historia por su trilogía de películas de exaltación del nazismo. La exportadora de la imagen del pretendido "imperio alemán" muerta el mismo día que aquel indígena (siglos antes) murió en manos de aquel alemán, Alfinger, que pretendía expandir un imperio.
Por el camino entre estos acontecimientos, un 8 de Septiembre de 1841 nació Dvorak, compositor Checo que dedicó una de sus sinfonías (la novena) al "Nuevo Mundo". Un "nuevo mundo" con ya siglos de historia, que nació nuevo y lleno de oportunidades para unos, y amaneció oscuro como la mara (la caoba) y teñido de sangre para otros.

30 de mayo de 2011

Historia de uno IV

Dormía. ¿Dormía? Quizá, tal vez... pero no, sabía en el fondo que no dormía, o sabía quizá, tal vez, que no dormía profundamente.

Estaba flotando en la habitación. Era consciente del momento. Que digo del momento, del no momento. Del no tiempo. El tiempo no pasaba, no corría la noche hacía el día. Una suave música aletarga su mente, y él, aprisionado, sigue su tranquilo ritmo traducido en un palpitar bajo y una respiración mínima y profunda. Es consciente de todo eso, pero allí está, hipnotizado, narcotizado, paralizado, extasiado por todo.

Es curioso, sabe que lleva largo tiempo así, está consciente, pero... el tiempo no pasa, y él sigue sin poder moverse. Solo escucha, escucha esa música, esa suave voz, exótica, que no entiende, pero que lo tiene preso entre el subconsciente y el momento, allí, contra la cama.

De repente, algo sucede. Se pone a pensar... que pasa, me habré despertado, donde estoy, que hago aquí y así... mientras tanto, la música sigue sonando, misma intensidad pero, en distinto plano. La chica de la voz narcótica ya no tiene el poder. Y él empieza a recordar. Recuerda su casa, su cama... recuerda acostarse cansado, agotado... recuerda el calor que hacía... recuerda todas la cosas que hizo, y las que tiene que hacer...

Mientras va recordando, sin mover un solo músculo aún, la música se va desvaneciendo, y el espíritu celestial de esta ahora solo es un repetitivo mantra que lanza un simple reproductor. El calor de la habitación le va volviendo al cuerpo, y la luz parece que quiera despuntar y entrar tímidamente por su ventana. Ahora si es plenamente consciente, ahora si siente el tiempo como pasa, y siente de nuevo, y de manera muy distinta, como sigue sin poder escapar. Ahora, de su nueva realidad.

Sigue sin moverse aún, pero sabe que pronto lo hará, es momento de levantarse y continuar. Ya es plenamente consciente... consciente, que una noche más, se le escapó el tiempo y se quedó sin saber que le quería decir la chica de la canción.

13 de mayo de 2011

Hasta que la vida los separe

Había una vez, un lindo lugar. Este tenía mar; bahía, calas, puerto, río… en cambio, en la parte alta, el pueblo descansaba en la ladera de unas montañas, las últimas de un inmenso sistema que formaban cordilleras, valles, circos, cañones…

Existían dos grandes clanes, que dominaban cada uno un sector del lugar. El clan del emperador dominaba la costa. El emperador era el pez más respetado en la zona. Su prominente apéndice delantero era el icono del escudo del clan emperador. Una gran y larga espada se hacía respetar en la heráldica y en la vida real. Por su parte, en la zona alta, el clan imperial dominaba las montañas. Su nombre… este águila (la imperial) era el animal más majestuoso de la región. Con su vuelo, que simbolizaba las alturas, controlaba todo lo que acontece en la zona, y con sus garras curvas y afiladas protegía esta del clan rival. Una corta, curva y violentamente afilada espada era el símbolo de respeto heráldico, y cotidiano, del clan imperial.

El clan del emperador ni se acercaba a los montes, y el clan imperial hacía lo propio con la costa. Un emperador sin imperio y un imperio sin emperador. Así era la vida en tan lindo y peculiar lugar.

Un día, la catástrofe desembarcó en tan hermoso sitio. El jefe del clan emperador tenía una única hija. Su homónimo del clan imperial tenía un único hijo barón. Y sí… se enamoraron perdidamente uno del otro. La noticia se expandió como la peste por el lugar.

Todo estaba tramado. Al anochecer, el mejor espadachín del clan del emperador entraría en la habitación del joven enamorado y le quitaría la vida con su larga espada. Por el otro lado, el imperial, los “preparativos del enlace” tampoco se dejaron de lado. Al alba, el más sigiloso y sanguinario de sus mercenarios entraría en la estancia de la joven enamorada y con su garra de águila le arrancaría el enfermizo corazón, terminal de amor. Y así sucedió todo.

A la mañana siguiente todos se levantaron horrorizados. Habían perdido aquello que más amaban. Ni el mar ni las montañas conseguían mitigar el dolor de unos u otros. Ambos clanes, de luto, se dieron una tregua y celebraron unos amargos funerales conjuntamente. La ceremonia estuvo presidida de gran fasto y emotividad.

Al margen de todo aquello, fuera de cualquier protagonismo, un hombre, ya mayor, contemplaba el espectáculo. Su nombre era Logos. Este personaje vivía en una humilde casa en el centro del pueblo. Unos días bajaba al mar a bañarse, otros a la montaña a pasear. No era de ningún clan, no tenía escudo, ni arma, ni causa, ni honor, ni familia que defender, por eso, ninguno de sus compatriotas se metía con él. No era contrincante a tener en cuenta. Era uno, y uno no es nada.

Así que desde la nada, nadie (Logos) asistió impertérrito al funeral. Mientras unos y otros, antagónicos, se lamentaban al unísono, el viejo desde su esquina dijo al viento “curiosa sociedad, lo que la muerte une la vida lo separa”.

19 de abril de 2011

Una taza más de café

Sus besos eran dulces como la miel
su mirada perdida y distante más amarga que la hiel
sus ojos húmedos, su melena ondulada
se apoyaban en el hombro pidiendo perdón

Su mente estaba confusa y arrepentida
sus palabras mudas parecían clamar al cielo
y mientras su alma permanecía en una oscura e inaccesible caverna
yo seguía allí a su lado

La habitación iba perdiendo temperatura
nunca me perteneció ni se entregó a mi
mientras la contemplaba entendí...
ella no participó de la fiesta

No dijo nada, apenas me miró con tristeza
sus sentimientos eran inalcanzables para mi
solo su cuerpo sació parte de mi sed
mientras ella, impávida, seguía colgada de mi hombro

Yo seguí mi camino solitario
abandoné la habitación y aquello que contenía
Allí dejé lo que quería y no me pertenecía
Allí olvide aquello por lo que lucharía pero no me correspondía.



A M. G. por sus historias, a Bob Dylan por sus letras y su música.

http://video.mynet.com/waterangel/One-More-Cup-of-Coffee-Bob-Dylan-Joan-Baez/293597/

18 de abril de 2011

Con el juego no se juega


El otro día, en su mecedora favorita, sentado en el porche del patio de su casa recordaba...
Recordaba cuando era niño. Reía, jugaba... lloraba, pero volvía a reír, a jugar... y así la mayoría del tiempo. Nunca tenía suficiente y siempre procuraba hacerlo. Era su ocupación, casi un deber, o así pensaba para él en aquel entonces.
Ahora está sentado en su mecedora favorita frente al patio de su casa. Mira a sus hijos, a sus sobrinos... ellos no juegan. En su vocabulario, en su comportamiento, en su actitud... ellos emulan, imitan a los mayores. No hacen cosas de mayores jugando, se comportan como ellos, ese es el juego. Al mismo tiempo, piensa mientras se mece contemplando el panorama, los adultos cada vez se comportan más como niños. No quieren saber de obligaciones, de responsabilidades... y sus salidas de tono son peores y más inmaduras que aquellas inocentes chiquilladas por trivialidades del juego.
Sigue sentado frente el patio de su casa, en su mecedora favorita, triste y desolado con que los niños se comporten como mayores y los mayores como niños.

20 de marzo de 2011

Distancias


Nadie parece ponerse de acuerdo a la hora de clasificar la distancia existente entre personas/objetos/animales/cosas... nadie encuentra una vara de medir universal que sirva para aclarar la situación actualizada y exacta entre dos cuerpos. Cuando más intentamos "afinar" más lejos del resultado real parecemos estar.

Metros, millas, minutos, horas... miden la distancia "objetiva" entre diferentes entes, vivientes o no. Pero, ¿que hay de las distancias "subjetivas"? ¿Que distancia podemos establecer entre una persona y su amada? ¿Dependerá de si es correspondido o no? ¿Que distancia existe entre una ideología y otra contrapuesta? ¿Que distancia tiene que recorrer alguien para alcanzar un sueño?

La relación entre distancia y tiempo parece evidente ya a estas alturas. Al menos, como dijo Borges "Antes las distancias eran mayores porque el espacio se mide por el tiempo". Así pues, parece que la proximidad en el espacio-tiempo acorta la distancia entre cuerpos y viceversa. Pero en las distancias "subjetivas" nos encontramos con una nueva variable que nos desmonta de nuevo todas las premisas anteriores, y es el factor de la intensidad. Una distancia, más allá de su cercanía o lejanía espacio-temporal puede ser atenuada por un individuo por la intensidad con la que se participa emocionalmente. Esto significa que una distancia, aparentemente lejos o incluso inalcanzable puede resultar extrañamente cercana y factible, mediante la intensidad emocional que se deposite en superar esa distancia inicial. Aquí entra una nueva variable añadida al espacio y al tiempo, la esperanza (a la que podríamos circunscribir más: la ilusión, el empeño, la dedicación...). Esto complica bastante nuestra búsqueda para determinar como medir la distancia "subjetiva". Pero no desistan.

La solución nos la ofreció Julio Cortázar. En alguno de sus escritos geniales, el bueno de Cortázar estableció la línea de medición de las distancias "subjetivas" en base a la esperanza depositada por la gente en ellas. Para el escritor Argentino existen los años luz, una manera de medir una distancia suficientemente lejana, pero con la certeza de saber que aunque remota, es posible que la distancia pueda ser recorrida con total satisfacción llegado el momento. Otra cosa son los años tortuga. Los años tortuga pueden parecer lentos en un principio, pero pronto te das cuenta que su avance es regular y continuo, en un medio plazo es factible recorrer la distancia inicial. Pasan antes que los años luz. Más que una cuestión de esperanza, es una cuestión de paciencia cuando se habla de años tortuga. Por último están los años caracol. Así como los años luz son todos iguales, esto no sucede con los años caracol. Estos son irregulares, se encuentran muchos obstáculos, y así como los otros a parte de la esperanza, la paciencia... detrás está la certeza de recorrer al fin la distancia, los años caracol se utilizan solo "cuando se quiere llegar al término de una paulatina esperanza". Esto es, establecer una distancia con otro cuerpo sabiendo de antemano que esa distancia inicial, aunque reducida, nunca será lo suficientemente corta como para decir que se ha recorrido en su totalidad. Así como las otras albergan certeza y consecución, esta medida solo alberga la esperanza, no alcanzada ni realizada, no consumada.

Quizá añadiríamos los años liebre, aquella distancia rápidamente recorrida satisfactoriamente dejando la esperanza en un mero instrumento inicial del impulso motor.

11 de enero de 2011

Historias de una IV


Entró en el local. Pidió algo para beber. "Algo con alcohol, fuerte por favor, y que amargue..." se sentó en el rincón más oscuro, y allí esperó su bebida. Estaba sola, la mirada ida, ojos húmedos, labios secos... y por fin su compañía, el elixir de la amargura.
Realmente fuerte y amargo, pensó. El primer sorbo y el pensamiento más primigenio que aparecía. "A mi esto no me pasará"... "de esta agua no beberé" recordaba haber pensado. Y allí estaba, bebiendo de aquella... de aquel... mal trago.
Continuaba bebiendo poco a poco mientras seguía su reclusión en aquella mesa. Reclusa de sus pensamientos. ¿Como había sucedido todo?
No sabe ni se explica muy bien como y qué pasó. Hace unas horas, unos días, unos meses... estaba felizmente enamorada. Años hacía que lo estaba, y todo era genial. El amor no dura, es caduco... ella nunca creyó eso, y le iba bien. Le iba... pues hubo un día, no sabe como, ni por qué, pero llegó el día del que no tendría "que haber bebido". Ella seguía enamorada, estaba muy bien con su querida pareja. Motivo de queja, ninguna. Era feliz. Pero conoció a alguien, a otro chico. No es que fuera más especial, no es que le prestara mucha atención, un chico simpático más. La cuestión es que pronto se sintió interesada por él, por conocerlo, por saber sus cosas, por hablar, por disfrutar de su presencia... pronto se dio cuenta que ese chico despertaba algo que no encontraba en su pareja.
"¿Que hay de malo en eso?"... repasaba mentalmente. Nada. No engañó a nadie. Pero ella empezó a pasar más tiempo con este chico. Nunca hubo nada, pero, en fin, era muy simpática y atenta con él. Y a él esto le gustaba. Hubo alguna pequeña tensión con su pareja, que notó algún comportamiento extraño. Pero ella nunca fue infiel. Pero lo pensó. Lo imaginó. Lo quiso para ella. Tuvo curiosidad. Tuvo necesidad... quizá capricho, pero parecía lo primero.
Nunca se atrevió a nada. Prefirió seguir las aguas, la corriente. Al fin y al cabo tenía algo seguro y bueno. ¿Por qué arriesgarse? Tal vez no sea mejor. Quizá solo al principio... pensó. Decidió olvidarse, tal vez no sea buena idea.
Estuvo un par de semanas sin quedar con él, sin verlo, sin saber nada. Y de repente, sí, su pareja la dejó. "Ya no estoy enamorado, me siento prisionero, no soy realmente yo". A ella se le vino el mundo en cima. Su amor, eterno y verdadero, al menos a ojos de los demás, se había venido abajo. Al fin y al cabo el amor es cosa de dos, y había ciertas diferencias, parecía.
De repente el local se le iluminó, no había mucha luz, pero ella pareció en ese momento percatarse de algo más que su mesa y su copa. Con esa "iluminación" siguió recordando.
Después del desamor fue a buscar a su amigo, el otro chico, que hacía un par de semanas había decidido dejar de ver "para salvar su relación", pues sus pensamientos y sentimientos hacia él empezaban a ser peligrosos. Lo encontró. Lo encontró... con una de sus amigas, con la que parecía que salía desde hacía "una semana", le dijeron.
Al fin levantó la cabeza. El local estaba medio lleno... como su vaso. Se percató de otra cosa, el local tenía un hilo musical. Sonaba una canción cantada por Astrud Gilberto, Agua de beber. Cogió la copa, y entre una media sonrisa, bebió de nuevo. Mientras, escuchaba la voz femenina que cantaba en portugués:

Yo quise amar, mas tuve miedo
Yo quise salvar mi corazón
Pero el amor sabe un secreto
El miedo puede matar tu corazón...

4 de enero de 2011

Ya vienen los Reyes (La Amenaza Fantasma)


Como no dijo Shakespeare: creer o no creer, esa es la cuestión.

¿La gente ha perdido la fe? ¿Cree en Dios?
Hay dos principios básicos que rigen el origen del mundo. Uno es el principio del retroceso infinito. La búsqueda de una primera causa que explique el origen de cualquier cosa, incluido el Universo, la vida... el problema, que no tiene fin, porque a cada respuesta le sigue la pregunta ¿y que había antes de eso? o ¿cual fue la causa primera?...¿como se creó el mundo?¿qué había antes de que se creara el mundo? en caso de encontrar respuesta... que había antes de ese "premundo"... ¿y antes de eso?... parece no haber explicación para tanto. Aquí entra la religión. Que mediante el segundo principio da respuesta a estas preguntas infinitas. Este segundo principio es la creación a partir de la nada (creatio ex nihilo). Esto es, de la nada, un Dios creador crea el mundo, la vida... siguiendo el retroceso infinito preguntaríamos ¿quién creó a Dios creador?, pero esto no será necesario, ya que la nada sirve, o eso dicen, de respuesta para este segundo principio sobre todo origen. Un ejemplo claro de este segundo principio lo protagonizó un conocido Mesías... ya en el siglo XX, que afirmó "antes de Elvis, no había nada" (John Lennon). Este es un buen ejemplo de creación a partir de la nada.
A partir de estas dos posturas, nacen, con matices, dos posturas contrapuestas que son representantes de todas las actitudes y acciones humanas frente la vida. Puede que sea inconsciente, y puede que involuntariamente no se sea consecuente con las creencias o la manera de pensar y la posterior manera de actuar, pero eso es un problema intelectual y de autoconocimiento. El segundo de los principios expuestos anteriormente, conduciría a un determinismo teológico (Spinoza, Edwards). Esto es, estaríamos sujetos a fuerzas externas (Dios, historia, la tradición)... que nos impedirían tener un verdadero control de nuestras vidas. Estaríamos condicionados, incluso predestinados a actuar de cierta manera. Frente a esto estaría el libre albedrío, no reñido con las leyes de la física, el azar o la probabilidad, pero aún así tendríamos como individuos control sobre nuestras vidas, control y poder de decisión inalienable a cada individuo.

Estos dos modelos contrapuestos son hoy motivo de lucha y de poder. Los creyentes contra los agnósticos. Los tradicionalistas contra los transgresores. Los continuistas contra los rompedores... y es que la Navidad aviva el desencuentro.
Se acerca la celebración de los Reyes Magos. Pero entre los creyentes, y sobretodo en el seno de la iglesia, hay gran malestar por el auge del pagano Santa Claus (o Papá Noel). Los tradicionalistas deterministas que no conciben otra realidad que la cristiana, haciendo gala del pecado capital más capital (la soberbia) y a su habitual e infinita intransigencia, maldicen el origen de este individuo "gordo con barba que antes era verde" y creado por Cocacola. Instalados en el principio de creación a partir de la nada, su antigüedad y veracidad es incontestable.
Los Reyes Magos no pueden satisfacer toda la demanda, y desde tiempos ancestrales Dios mismo delegó en los padres (pajes) para hacer de intermediarios en nombre de los Reyes Magos y de Dios. Cuando esta misión fuese descubierta por los hijos, estos contribuirían a la causa regalando a sus padres y perpetuando la tradición (y el concepto de familia) en nombre de Dios (esto reza una supuesta emotiva explicación católica de los reyes magos).

Y la vida sigue, mientras unos ven una tradición otros vemos una alegoría. Mientras unos ven el origen de una tradición otros tenemos un montón de preguntas sobre ello (y con respuesta). La creación a partir de la nada, el determinismo histórico y las tradiciones alimentan absurdas religiones, patrias y sentimientos de permanencia sin preguntarse ¿y que había antes de...?
Mientras la gente discute si regalar en nombre de Santa Claus o de los Reyes Magos, otros vemos la discusión de la nueva cruzada; "consumir en nombre de". Consume en el nombre de la iglesia y no en el de Cocacola, parecen gritar amargamente. Cuando se darán cuenta que dentro del mundo actual ellos ya no son la religión (son solo una excusa)... pues ese lugar lo ocupa el mercado. Y por su cuota de mercado luchan.

En el nombre del padre y del hijo... ¡a consumir!