15 de octubre de 2013

Dicotomía

Llegado a Ogigia, Odiseo fue agasajado por la bella Calipso. Allí comió, bebió y fornicó con ella, hasta que el héroe recordó, después de la febrícula inicial - unos nimios siete años -, a su amada Penélope. Paradoja de la mente humana... o quizá solo castigo divino, ya que Calipso, hija de Atlas, fue castigada después de la Titanomáquia al destierro en dicha isla, y a enamorarse cada 1000 años de un apuesto héroe, que por razones del destino, debería perder dejándolo marchar.
El mortal Odiseo continuó con su truculento viaje de regreso a Ítaca, lleno de sufrimiento, dolor, remordimiento... convencido de estar pagando sus pecados y excesos, pero en realidad eran solo "jueguecitos" de Dioses, el destino. La castigada era Calipso desde tiempos inmemoriales. Que sufrió en silencio una vez más las mundanas dicotomías de sus mortales héroes, incapaces de rendirse a los placeres de la eternidad.

La lucha entre lo apolíneo y lo dionisíaco que destilaban las tragedias griegas siguen con gran vigencia después de todo. Desde el siglo XIX hasta la actualidad las dicotomías despertadas por la lucha interna de gentes debatiéndose entre lo que "se debe" y lo que "se quiere" han llenado líneas y líneas de novelas, artículos, ensayos... y minutos, horas de celuloide. 

Y es que sin violar o quebrantar ninguna ley, solo los hombres son capaces de sentir arrepentimiento y sufrimiento por realizar algo que deseaban. Quizá se deba a la moral. Y es que la moralidad persigue fines, por definición. Pero, dicotomía de la vida, de vez en cuando las personas buscamos también procesos. Y cuando un individuo detecta que la moral se ha convertido en una inercia, una costumbre, una tradición irracional o una mentalidad de masas, aquello dionisíaco pasa de ser una opción a un medio para lograr ese mismo fin, a veces negada por la rectitud apolínea.  

Difícil ejercicio, desafiar los límites de la razón, y luego no sentir remordimiento por ello. Aunque por desgracia, en genereal, como ya dijo Oscar Wilde, "es mucho más fácil sentir simpatía con el sufrimiento que con el pensamiento".


https://www.youtube.com/watch?v=c0AH89xGEKU




22 de marzo de 2013

Fábula del Farzin y el Al pil

Se dice del ajedrez que apareció en la India, hace unos 1200 años. Aunque, según cuentan algunos historiadores, su origen quizá provenga de mucho antes, de Persia. 

Los Persas. Ellos dominaban el juego, la estrategia... hasta que, sobre el 350 a.n.e. -antes de nuestra Era, para aquellos que sin Cristo andan perdidos en el tiempo- apareció una figura esencial en la historia de este juego, Filipo II de Macedonia -más conocido por la prensa rosa como el padre de Alejandro Magno-. Su inteligencia, sus tácticas, llevaron a sus ejércitos a derrotar a todopoderosas Polis griegas, y a reunir, uno aún mayor, con el que se lanzó a conquistar el Imperio Persa. Pero, como todo juego, tiene un riesgo, y Filipo murió asesinado. Jaque mate, puede que piensen algunos. Los ejércitos Persas, con elefantes -como se haría eco Alejandro Magno- dominaban el juego, y mantenían sus enemigos alejados del corazón de su imperio. En Persa elefante se llamaba Al pil (alfil). Pero en este ajedrez que es la existencia, los Persas no contaron que el Rey era solo el motor, un símbolo, la cabeza pensante de un brazo ejecutor mucho más temible, dinámico... la reina (Farzin en Persa). Y así sucedió. Los movimientos tácticos y estratégicos que llevó a cabo Alejandro Magno, siguiendo los pasos de su padre, el rey, acabó por desarticular al Imperio Persa, llegando incluso, en su expansión, hasta la India -de donde algunos afirman que nació el ajedrez-. 

Así, la reina (Farzin) le ganó la batalla al elefante (Al pil). De nada sirvió a los Persas ser los creadores, los ideólogos del juego, de haber sido ellos los empecinados en empezar "a jugar", pues, como en tantos juegos en esta vida y en la Historia, al final, uno, siempre está expuesto a perder. 


27 de febrero de 2013

Hay que ver que ganas de ver (Deber imposible. Imposible de ver).

Hay quien cataloga la novela de Orwell (1984) de ficción distópica (apocalíptica). No osaría yo calificarla más de esa forma. Va siendo hora de aceptar ciertas cosas. 

Por fin ha llegado el día, en que definitivamente cada uno ve lo que quiere, cuando quiere, de la forma que quiere o necesita. Se ha perdido toda esperanza a un mínimo de objetividad. De un consenso. Siquiera a una convención en temas de casuística. Ya no cabe el análisis de las circunstancias para evaluar una responsabilidad. Y parece mentira, pero en pleno siglo XXI, cuando más y mejor ha avanzado la ciencia y la tecnología -aunque no siempre en la dirección óptima, esperada o ideal- resulta que ya no sirven ni las imágenes, ni los sonidos, ni las palabras... ni la historia tiene ya su peso, su "lugar donde poner las cosas". Son meras anécdotas, excusas, o se convierten en simples y efímeras demostraciones de aquello que convenga -o nos convenga- recordar/justificar/evidenciar... y ni aún así conseguiremos hacer cambiar de opinión a "nuestro opositor contrincante". 

El libro es una novela, ficción por tanto, sí, pero... existe un pensamiento único subconsciente latente en las conciencias de muchos, pero también existen muchos pensamientos que parecen originales, propios, personales, y no lo son ni por asomo. Pero cubren nuestras expectativas vitales básicas. Nos hacen parecer controlar algo, justificar de forma superficial y banal aquello en lo que hemos apostado por creer. Nos han dado lo que necesitamos y el contrario. Doblepensar se llama en la novela. Así tienes algo en lo que creer, y a la vez algo que rechazar, odiar, repudiar -la dualidad, la dicotomía-... Pero en cualquier caso, partimos siempre ya del condicionamiento, del prejuicio, y lo que quizá sea más triste, cada vez nos da más igual que así sea, o que incluso así se certifique, de forma que hasta quede el malicioso mecanismo a la vista. Ni siquiera simulamos o nos molestamos en que sea cierto, no nos importa si así es o no, solo nos importa si se adapta a lo que sentimos, pensamos, deseamos... esa es nuestra coherencia. Y el resto merece nuestra absoluta reprobación, inmediata, automáticamente. Sin análisis. Sin juicio. Sin razón. Sin sentido.

Cuenta el bueno de Orwell que "Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente. (...) En realidad vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas «líneas de partido»". 

Actualmente, existen las «líneas de partido», pero no solo eso. Existen miles de lineas más. Cada linea en definitiva es un juicio ético (moral, virtud, felicidad, deber...), incluso estético aplicado a la casuística particular de cada uno. 

Buscar una suerte de consenso, puntos de encuentro, actitudes semejantes, puntos comunes entre distintos... establecer una "hoja de ruta" para verificar lo que es, por lo que es, y no por oposición parece ya un camino irreversible. Las cosas, los actos, los hechos, las personas, las ideas, la naturaleza... son lo que son por ellos mismos, y a veces -con frecuencia incluso diría- nos esforzamos en que sean, nos parezcan, lo que nos gustaría que fueran. Incluso lo que no son.